Prólogo

                  Nos enfrentamos a Flor del Río, un libro de poemas de Silvana Col6n. Lo hacemos con el cariño que merece su amistad y con la mezcla de emociones y recuerdos de nuestra juventud que nos evoca el nombre de la autora.

                Me parece ver a Silvana en la acera frente a la escuela intermedia Horace Mann de Ciales, apenas una ninfeta, cuando ya yo terminaba la escuela superior. Delgada, con un rostro perfecto, nos recordaba la fresca lozanía y el perfume de los lirios que crecen a orillas del río Cialitos en cuyas aguas, con toda certeza, debe haberse bañado. Unos labios sensuales increíbles anunciaban desde temprano a la hermosa mujer venidera.

                Silvana, con su nombre exótico, alegre y sonriente siempre, despertaba en nosotros un temblorcillo recóndito y placentero desde la relativa distancia que separaba a las dos escuelas. Aunque nunca me atreví a hablarle, la admiraba de lejos.

                Ahora, tantos años más tarde, me pide que le escriba algo sobre un libro de versos que ha escrito y que ha titulado precisamente Flor del Río. ¿Qué se puede decir sobre la poesía que ya no se haya dicho? ¿Qué se puede escribir sobre el amor, que es de lo que hablan los poetas, que ya no se haya escrito? ¿Qué se puede añadir a la soledad, a la tristeza y al dolor que sufren los amantes al separarse o al no ser correspondidos? La historia se repite una y mil veces, siempre igual, pero siempre distinta y única en la vivencia personal de cada ser. La búsqueda eterna del amor, la irracional condición de la

experiencia sublime y única en el encuentro fatal, el desgarramiento cruel de la partida, el vacío de la desesperanza y la eterna vigilia del recuerdo.  

                Silvana nos cuenta la tristeza del amor perdido en forma sencilla, abierta, desnuda, sin lirismos rebuscados e incomprensibles. So1amente se contenta con decir lo que siente en el momento. Buscando en el recuerdo, reconstruye la tibieza perdida, el éxtasis, la fusión física y espiritual experimentada con el amado ahora ausente. Intenta recrear el instante en que bebió del mágico elixir de la vida.  

                Luego, añora y se lamenta, "Todavía mi mente te piensa de día". La poetisa busca desesperadamente en el verso la palabra mágica, exacta y perfecta que describa lo que siente. Exprime el lenguaje buscando el giro apropiado, la voluptuosidad del sonido de cada palabra al encontrarse una contra la otra. Y algunas veces se logra y otras también se fracasa en ese empeño, "Te llamo tormento porque eso eres para mí", "¡Como podré encontrar la paz que necesito!"  

                Silvana va directo al grano. Deja muy poco al arcano lírico del verso; simplemente desahoga sus penas en lo quo escribe. Se desnuda: "Lástima que tuvieras tanta prisa." "Te apretaba con pasión a mi cuerpo desnudo". Y la queja, la eterna queja del desamor...y aquí triunfa en un giro certero..."¿Por qué mi corazón te palpita si te palpito ajeno?", "Calla, no me digas nada, nada necesito saber, estás aquí…". Nos emociona, nos conmueve más que nada su sinceridad, su inocencia y su pureza de alma.                

                Y así poco a poco, Silvana va consolándose ella misma por el amor perdido. Perdona, no es vengativa ni refleja con excesiva amargura el despecho, los celos o la ira contenida. Simplemente ama y acepta la realidad. Ha aprendido del dolor y está a la defensiva, "No permitiré que ningún sediento sacie su sed en mi pozo."  

                Al final, transmute el amor que la llena por la Patria irredenta. "Estás prisionera, estás triste. Quién tuviera la virtud de hacerte sonreír. Yo soy muy débil, mis fuerzas flaquean, pero mi espíritu me alienta para adorarte, ¡Y soñarte libre! Y cierra con un grito angustioso. "Yo tu hija, te quiero. ¡Si alguien escuchara mis quimeras!". No comprendemos muy bien, pero intuimos que busca un consuelo místico, espiritual o tal vez alguien que llene ese vacío.  

                Concluimos la lectura agradecidos de nuestra amiga Silvana por habernos permitido compartir su intimidad. Hemos comprendido su queja y su dolor y nos sentimos hermanados en la distancia y el recuerdo. Ha logrado con sus versos sencillos recrear emociones dormidas hace tiempo. Después de todo, de eso es que se trata la poesía.

Francisco C. Vicéns
Ciales, 4 de octubre de 1999